Prueba, ensayo y error

En muchas de las charlas, conferencias o reuniones a las que nos toca asistir desde Fundación Vía Libre, nos toca escuchar en algún momento de la charla, alguna que otra reflexión peregrina sobre “el problema de las mujeres y la tecnología” o “la desigualdad de género en la tecnología”. Muchos de estos comentarios vienen de parte de mujeres cuyo acercamiento a la tecnología (agregaría informática, porque a fin de cuentas cocinar con fuego es una de las tecnologías más antiguas del mundo, ampliamente dominada por las mujeres) es muy poco o nulo, a pesar de que constantemente interactúen con ella.

Las propuestas de solución al problema suelen ser, también, entre muy pocas y nulas: “que los hombres nos dejen participar en la tecnología” o “incluir la perspectiva de género en nuestros comunicados” o propuestas similares que, sin embargo, no tocan al corazón del problema. Muchas de estas afirmaciones parten de dos errores igualmente comunes, que pueden darse juntos o separados: creer que tener más mujeres es necesariamente tener perspectiva de género, o bien que más mujeres ocupando puestos que no tienen nada que ver con la tecnología en un ámbito dedicado a la tecnología es, supuestamente, equilibrar la perspectiva de género. La igualdad de género no mejora, por ejemplo, poniendo a mujeres en puestos de comunicación en una organización dedicada a la tecnología informática.

Por supuesto, el problema de que las mujeres no se involucren en tecnología no es sólo de las mujeres. Es un problema social, pero mucho peor aún que eso es que ni siquiera podemos reconocer muchas veces cuáles son los mecanismos que operan al nivel más individual para que la situación sea de esta forma.

En este momento, una de mis principales actividades, además del trabajo cotidiano en Fundación Vía Libre, es un proyecto de escáneres de hardware libre desarrollado casi en su totalidad con hardware libre y software libre. Mi aprendizaje personal en estas cuestiones ha sido más bien un desaprendizaje: tuve que olvidarme de todas las cosas que me habían enseñado durante mi adolescencia y buena parte de mi adultez para poder enfrentarme a la problemática relación con “hacer la tecnología” de otro modo.

La primera vez que cometí un error en este proyecto fue una noche, estando sola, cuando tenía que fabricarle un adaptador a una cámara fotográfica, para que pudiera tener corriente eléctrica continua y de esa forma no tener que usar pilas. En modelos anteriores, simplemente se trataba de tener el transformador y conectarlo a la salida AC/DC de la cámara, pero los nuevos modelos venían sin salida y había que tener el adaptador. Por supuesto, los adaptadores de fábrica salen 50 USD cada uno y no entran al país, y yo necesitaba unos 10 adaptadores. Busqué un tutorial en Internet para fabricar un adaptador casero y cuando puse mi pequeño invento en la cámara tuve dudas de si lo había puesto de la forma correcta o no. Claro que lo puse mal, así que ahí se fueron unos 1500 pesos en una cámara que, además, no era mía. La ventaja es que tenía garantía.

Qué boluda.

Ése es el primer pensamiento que se me cruzó por la cabeza, y seguramente el pensamiento de muchos hombres que pudieran llegar a estar leyendo esto. En efecto: qué boluda.

Pero la diferencia radical entre mi “qué boluda” y el de un hombre radica en la forma de pararse frente a esa “boludez”.

Primero: el hombre tiene derecho a explorar solo. Las mujeres necesitamos siempre alguien que nos introduzca al problema, necesitamos un rito de iniciación. Siempre hay con nosotras un novio, un amigo o un padre que está supervisándonos mientras nosotras hacemos nuestros experimentos, no vaya a ser que rompamos algo o cometamos un error y no sepamos cómo resolverlo. Es decir, nuestro novio, amigo o padre, no está ahí para tratarnos como un par sino para tratarnos como una subordinada, alguien a quien hay que mirar mientras hace y marcarle el error allí cuando lo comete, o bien prevenirla antes de que lo cometa.

El hombre no sólo tiene derecho a estar solo mientras experimenta, sino que también se le toleran los errores que comete porque forman parte de su proceso más general de exploración, de prueba y ensayo. Es decir, puede experimentar, equivocarse, resolver y aprender. La experimentación es crucial, porque es más fácil aprender los principios generales de cómo funcionan las cosas a través de aprender cómo NO funcionan las cosas, que a la inversa.

Luego de lamentarme toda la noche por haber roto la cámara y sentirme la mujer más estúpida del planeta, le mandé un mail largo a un amigo explicándole lo que me había pasado y pidiéndole si nos podíamos sentar a mirarlo juntos. Nos sentamos a mirarlo juntos y descubrimos el error.

Pero yo también descubrí algo más: ese error me habilitó como un par. Estaba presentándole un desafío al otro, no le estaba pidiendo que me lo arregle, le estaba diciendo: probé y no me salió, por favor, ayudame a mirarlo. No “arreglamelo”, sino “probemos juntos”. Mientras me ayudaba a mirarlo, a él también le surgieron dudas, y de pronto, se me hizo evidente que los hombres se la pasan cometiendo errores cuando se enfrentan a la tecnología, muchos más que los que cometen las mujeres.

Y por qué cometen más errores? Porque pueden. Porque no tienen ningún padre (ni madre) ni ningún hermano ni ningún novio ni ningún amigo que les diga: cuidado con lo que estás haciendo. Cuidado que lo vas a romper. Esperá a que venga tu hermano y que lo arregle. Tenés que hacerlo así, yo sé lo que te digo. Esperá a que venga tu padre para hacerlo. Esperá a que te ayuden tus amigos. Esperá.

Casualmente, ese “esperá” y ese “cuidado” es lo que le quita a la tecnología todo el carácter lúdico que pueda llegar a tener, y por eso al cabo de poco tiempo de que una mujer quiera aprender cualquier cosa vinculada a la tecnología, desde programar algo chiquito hasta usar un taladro, termina aburriéndose porque no tiene ningún espacio de experimentación ni de libertad ni de creatividad. Porque siempre la están supervisando y porque siempre le están diciendo lo que NO tiene que hacer, en vez de dejarla que haga lo que se le de la gana, que experimente, que se equivoque, que lea y que aprenda. Más tarde viene la parte más fundamental de todos estos experimentos, que es el intercambio con los pares. Pero con los pares, que no son cualquiera, y que no son ni los novios ni los amigos, sino aquellos que están dispuestos a reconocer las diferencias en el aprendizaje y a valorar la voluntad de aprender.

Ojalá esta historia se terminara acá, pero la verdad es que el problema se bifurca por caminos insospechados. Quedarán para otra ocasión.

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3 comentarios

  1. Mariano dice:

    Muy buena tu reflexion.
    No se si suma, pero te cuento que soy ingeniero y gracias a vos conoci los scanners libres en la presentacion del an~o pasado.

  2. Jaluj dice:

    En lo único en lo que no estoy de acuerdo con vos Scann es en que digas que “La igualdad de género no mejora poniendo a mujeres en puestos de comunicación en una organización dedicada a la tecnología informática”.

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